jueves, 28 de mayo de 2015

Vivir en un mundo de medicinas que nos enferman (III) / Alejandro Martinez Gallardo

“Estamos viendo un dramático incremento
 en la dependencia en medicamentos
para resolver todos nuestros problemas”
“Hay una fuerte tendencia
en buscar enfermedades
antes de que ocurran,
y las empezamos a tratar 
‘sólo por si acaso’”.
Clare Gerada, Chair of the Council of
the Royal College of General Practitioners


La única libertad a nuestro alcance:
el autoconocimiento.
Octavio Paz

Ni la pastilla roja, ni la pastilla azul

Evidentemente, tomar un medicamento puede salvar la vida o mejorar drásticamente la calidad de vida de muchas personas. Sin duda muchas, pero seguramente no la mayoría o un importante porcentaje de las personas que toman medicamentos a mediano y largo plazo podrían evitarlos y así mejorar también drásticamente su calidad de vida, e invertir en su propia salud y hasta en su economía. 
No analizaremos aquí el jugoso negocio que representa para las farmacéuticas la cronificación de las enfermedades o el estrecho vínculo que tienen estas transnacionales con los lobbys de salud pública y con los médicos (lo que hace que tengan listo el bolígrafo en todo momento para recetar los fármacos que las farmacéuticas obsequiosamente empujan para que sean promocionados). De esto hay incontable evidencia. Mi interés es sólo llamar la atención a la posibilidad, aunque parezca remota, de que consideres, si es que tomas medicamentos y recurres frecuentemente a sustancias químicas para paliar tus achaques o mejorar tu desempeño, que existen otras opciones y que casi siempre lo que puedes conseguir a través de medicamentos e incluso suplementos lo puedes conseguir comiendo y haciendo diversos ejercicios, especialmente alguno que permita controlar y dirigir tu respiración.

Incluso uno no debería desestimar, si está enfermo, dedicar su vida a la salud (a curarse a uno mismo y a los demás), como el caso de Marsilio Ficino, el gran intelecto detrás del Renacimiento florentino, quien se habría ordenado como médico sacerdote después de sufrir una crisis depresiva. Claro que esto toma más tiempo y requiere que dediques buena parte de tu energía e interés a cultivar tu salud, a investigar y a poner en práctica tus conocimientos para crear una disciplina (¿pero acaso hay algo más importante?). No se trata de declarar desierta la industria médica (aunque algunas personas consideran que la realidad es que el sistema de la medicina moderna está terminalmente enfermo), o de creer que se puede obtener el conocimiento que tiene un un médico simplemente leyendo un par de libros de dietas o artículos en internet. Por eso se plantea como fundamento de este acercamiento a tomar control de tu propia salud no consumir fármacos — siempre apelando a la prudencia y cuando no se trate de una emergencia o una condición aguda–, incluso de ser posible evitar vitaminas y suplementos (o, en caso de ser necesario, por qué no aprender a hacer tinturas, extractos y autocultivo). 
El primer paso es seguir la máxima del padre de la medicina occidental, Hipócrates, el juramento de “Primero no hagas daño” (Primum non nocere). El otro eje fundamental de este acercamiento es preguntarte por las causas, no darle tanta importancia a los síntomas, más que como información que puede llevarte a la causa de tu enfermedad, la cual muchas veces está en una conducta o en un hábito físico y mental que puedes aprender a evitar. Esto significa probablemente no suprimir los síntomas para que puedan comunicar la razón de su existencia. Si tus síntomas no son muy graves, puedes tomar este camino largo, tratando de introducir la menor cantidad de variables y riesgos. 

 Se puede tomar este principio rector incluso recurriendo a tratamiento médico, es decir, buscar siempre primero alternativas de tratamiento que no involucren el consumo de fuertes fármacos o procedimientos invasivos. Puede suceder que no atacar una enfermedad con medicamentos desde un principio pueda ser contraproducente; siempre existen riesgos, por esto se requiere cierta madurez, cierta inteligencia, cierta capacidad de discernimiento a veces difícil de tener, especialmente cuando se está enfermo, y es que la enfermedad suele afectar a una gran cantidad de sistemas y órganos– y es difícil por eso mantener la lucidez–, aunque para la medicina occidental moderna sólo esté focalizada en una parte y por lo tanto supuestamente puede ser tratada sin afectar otros sistemas y órganos. Sin embargo, tomar medicamentos casi siempre es más riesgoso que no tomarlos, especialmente cuando se utilizan estos medicamentos solamente para tratar los síntomas y no las causas de una enfermedad; se forman fácilmente dependencias. Dicho esto, los beneficios de lograr tomar control de la propia salud son considerables, sobre todo porque esto suele producir una transformación integral en el individuo. Notar que es uno el que se cura, que su intención ha logrado materializarse y actuar sobre el cuerpo (en la alianza no dual entre la mente y el cuerpo) es altamente satisfactorio; descubrir que, inversamente a cómo la tensión y el estrés agravan nuestro malestar, existe también un efecto de autosanación y un aprender a estar sanos. El cambio se derrama holísticamente. No es menor tampoco el hecho de descubrir que nuestra salud depende de nosotros y que somos responsables de lo que nos sucede; si bien hay accidentes y sucesos incontrolables, la forma en la que los asimilamos y experimentamos depende de nosotros y eso es a fin de cuentas la verdadera salud: la propia salvedad. En este sentido, la verdadera salud no es la negación de la enfermedad, es un arte de vivir con la enfermedad y un desarrollo de la voluntad, apoyado en una piedra angular: el autoconocimiento.

Twitter del autor: @alepholo 

Ver anterior:
 Vivir en un mundo de medicinas que nos enferman (II) / Alejandro Martinez Gallardo
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