viernes, 17 de febrero de 2017

Ratón de biblioteca: Escenas de medicina imaginaria / Emmanuel Venet





Asentado en la madurez, Venet (Emmanuel)* abre la llave de sus recuerdos para recuperar aquellas figuras de un pasado cada vez más remoto. Para explicarnos su vida, sus decisiones, sus relaciones personales y el íntimo nexo de unión que cada uno de esos elementos ha mantenido con la enfermedad. Todo comienza con la neurosis pianística de la madre, con ese piano de cola mastodóntico que los dedos infantiles de Venet no consiguen domar en sus primeros contactos. Cualquiera diría que es desde la banqueta, mientras practica sus ejercicios de digitación, desde donde el joven Emmanuel toma contacto con el mundo de las enfermedades. O, dicho de otra manera, con la edad adulta. Con los achaques, las tensiones, las fricciones y ese ejército de palabras que se apelotonan en nuestras cabezas hasta forzar la jaqueca. Allí, en virtud de esa mirada curiosa, se fraguan las palabras que su posterior educación médica convertirá en posología, diagnóstico y análisis.(...)

Por las páginas de Escenas de medicina imaginaria desfilan un rosario de enfermedades y un retrato materno que compite con la mayoría de ellas. Una relación marcada por esa pueril neurosis pianística que marca el desarrollo sentimental de su autor. Años de torear a un Steinway, de aceptar a regañadientes la tutela musical de una institutriz, de buscar el alma en las teclas del piano y, tal vez el pasaje más bello de todo el libro, de asistir al momento mágico en el que el coloso enano Michel Petrucciani tocó un boogie-woogie endiablado en un club de jazz. 
Años de aprendizaje nada magistrales con los que Venet capea el temporal de la madurez y ese instante en el que las enfermedades imaginarias que ha retratado con sorna se vuelven trágicamente reales. Cuando ese animal fantástico que es la vida adulta, de pronto, nos alcanza con la fuerza de un rayo y nos enseña a pronunciar la tristeza, la vejez y las preocupaciones. Cuando la muerte cercana trae a la mente el recuerdo de aquellos personajes de fondo, todos ellos singulares, cuyos rostros devoró el tiempo y la vida misma. 

Por eso, decíamos, hay muchas formas de contarse, de ejercer la autoficción, y Emmanuel Venet* escoge de entre todas la de un psiquiatra que reflexiona, con humor y una pizca de amargura, sobre todas esas cosas inexplicables que encierra la vida. Esas que encuentran su sentido ante el dolor de los demás. (Más)
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